Lo esencial de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
- Formada en La Plata en 1976 por el cantante Carlos “El Indio” Solari y el guitarrista Skay Beilinson, es una de las bandas más importantes e influyentes de toda la historia del rock argentino
- “Patricio Rey” nunca fue una persona: es un personaje ficticio, una especie de conciencia colectiva; los “redonditos de ricota” son unos buñuelos caseros rellenos de queso. El misterio era parte de la identidad
- Construyeron un imperio al margen de la industria: sin sellos multinacionales, sin sencillos en la radio comercial, sin videoclips. Todo fue boca a boca, autogestión y una lealtad de culto sin comparación
- Oktubre (1986) y su himno “Ji Ji Ji” marcaron a una generación entera; ese tema todavía alimenta lo que los fans llaman “el pogo más grande del mundo”
- La formación clásica —Solari, Skay, Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti y Sergio Dawi— quedó fija en 1987 y se sostuvo hasta la separación, anunciada en noviembre de 2001
- El Indio Solari falleció el 5 de junio de 2026, a los 77 años; multitudes lo despidieron con banderazos y “misas ricoteras” en plazas de toda Argentina
Historia
Los Redondos nacieron en La Plata en 1976, el mismo año en que empezaba la última dictadura militar argentina. Alrededor del cantante Carlos “El Indio” Solari y del guitarrista Skay Beilinson se armó un colectivo cambiante de músicos, poetas y artistas plásticos que tocaba en bares y clubes de la ciudad. El nombre ya era un enigma deliberado: Patricio Rey no existía como persona, sino como un personaje inventado, una conciencia compartida bajo la cual se movía todo el proyecto; y “los redonditos de ricota” no eran más que unos buñuelos caseros de forma redondeada. Detrás de ese humor absurdo había una decisión de fondo: la banda no tendría una cara única ni un formato convencional. La manager Carmen “La Negra” Poly Castro y el artista Rocambole —autor de las tapas y la imaginería visual— completaron desde temprano ese núcleo que hizo del grupo mucho más que cinco personas sobre un escenario.
Lo que volvió a Los Redondos un caso único fue su forma de crecer. Se negaron a firmar con sellos multinacionales, no editaban sencillos pensados para la radio, no filmaban videoclips y evitaban casi por completo la prensa masiva. Todo se movía por el boca a boca y la autogestión. Aun así, o quizás por eso mismo, pasaron de tocar en sótanos a llenar estadios enteros. Su público, los “ricoteros”, convirtió cada concierto en un rito multitudinario, casi religioso, y la banda fue construyendo un imperio subterráneo que la industria tradicional no supo explicar ni contener. Nadie los escuchaba en las emisoras comerciales, y sin embargo eran una de las bandas más grandes del país.
La formación estable llegó en 1987. El bajista Semilla Bucciarelli ya estaba desde 1982; ese año se sumaron el baterista Walter Sidotti —que reemplazó a Daniel “Piojo” Ávalos— y el saxofonista Sergio Dawi. Con esa alineación grabaron sus discos más celebrados y sostuvieron una escalada que no paró de crecer durante los años 90. Las tensiones internas, sobre todo entre Solari y el resto del grupo, terminaron erosionando la sociedad, y en noviembre de 2001 se anunció la disolución a través del sitio oficial. Después vinieron los caminos solistas: el Indio Solari con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y Skay Beilinson con Los Fakires, dos proyectos que mantuvieron viva parte de aquella llama sin volver a reunir jamás a la banda original.
Sonido y estilo
En lo musical, Los Redondos partieron del rock and roll y el hard rock con una base de blues, y fueron incorporando pinceladas de psicodelia, reggae y experimentación a lo largo de los años. La guitarra de Skay —cristalina, melódica, reconocible desde la primera nota— sostenía canciones que podían ir del riff pesado a la balada oscura sin perder identidad. Sobre esa música, la voz áspera del Indio recitaba un universo lírico como pocos en el idioma: letras crípticas, surrealistas, cargadas de imágenes literarias, ironía política y personajes marginales, que nunca decían las cosas de manera literal.
Esa combinación de contundencia sonora y poesía enigmática es lo que separó a Los Redondos de casi todos sus contemporáneos. Sus canciones no se agotaban en una escucha: había que descifrarlas, discutirlas, volver a ellas. Y en vivo, todo eso se transformaba en una experiencia colectiva feroz. Los recitales ricoteros —las “misas”, como les decían los fans— eran una descarga de energía y pertenencia difícil de encontrar en otro lado, donde el pogo, las banderas y el canto de miles de personas convertían a la banda y al público en una misma cosa.
Los Redondos fueron la banda más grande que casi nunca sonó en la radio: un imperio de estadios levantado sin sellos, sin videos y sin permiso, a puro boca a boca y lealtad de culto.
Discografía
| Álbum | Año | Notas |
|---|---|---|
| Gulp! | 1985 | Álbum debut. El punto de partida de la leyenda ricotera. |
| Oktubre | 1986 | Su obra más celebrada. Incluye “Ji Ji Ji”, himno absoluto de la banda. |
| Un baión para el ojo idiota | 1988 | Consolidación del sonido y del fenómeno de masas. |
| ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado | 1989 | La banda ya llenaba estadios al margen de la industria. |
| Luzbelito | 1996 | Madurez lírica y musical; “Juguetes perdidos” entre sus clásicos. |
| Momo Sampler | 2000 | El último disco de estudio antes de la separación. |
A estos se suman La mosca y la sopa (1991), Lobo suelto, cordero atado (1993) y Último bondi a Finisterre (1998), entre otros trabajos que completan una discografía tan influyente como singular dentro del rock en español.
Legado e influencia
Junto a Sumo, Soda Stereo y Serú Girán, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es considerada una de las bandas más influyentes del rock argentino de su tiempo. Pero su lugar en la historia va más allá de las canciones: demostraron que se podía construir un fenómeno masivo por fuera de las reglas de la industria discográfica, con autogestión total y una relación directa e intensa con el público. Ese modelo —independencia radical, mística cuidada, comunidad de fans convertida en identidad— dejó una huella enorme en generaciones de músicos y en la manera misma de entender el rock como cultura popular en la Argentina.
En México, la relación con Los Redondos es distinta a la de otras bandas argentinas: nunca fueron un grupo de giras internacionales —su fenómeno vivía casi por completo dentro de las fronteras argentinas—, así que aquí no llegaron a través de estadios llenos ni de rotación en la radio. Llegaron, en cambio, por donde llega lo verdaderamente grande: de disco en disco, de recomendación en recomendación, como ese secreto que los que aman el rock en español terminan descubriendo tarde o temprano. Para el oyente mexicano, encontrarse con Oktubre o con “Ji Ji Ji” suele ser una revelación: entender de golpe por qué toda una nación considera a esta banda un asunto sagrado. La muerte del Indio Solari, el 5 de junio de 2026, fue despedida no solo en Argentina sino en toda Latinoamérica, y confirmó lo que su público ya sabía: que Los Redondos son de esas bandas que, una vez que las descubres, se quedan.
Que su catálogo circule hoy más por lealtad y por descubrimiento que por marketing es, quizás, el mejor resumen de lo que fueron. Nunca pidieron permiso para existir a su manera, y esa terquedad —la de una banda que le dijo que no a casi todo el sistema y aun así se volvió inmensa— es exactamente lo que la mantiene viva mucho después del último bondi.
Por dónde empezar a escuchar
- Ji Ji Ji
- Un poco de amor francés
- El infierno está encantador esta noche
- Juguetes perdidos